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                          “DIOS NOS LLAMA A SER MISIONEROS DE ALEGRÍA Y ESPERANZA”

      

Hoy en los "Buenos Días" conoceremos más a Sor Ángela Cassulo.

 

 

Nació el 9 de marzo de 1852.  Cuando partió para Uruguay tenía 2 años de ser religiosa. Fue humilde y sacrificada. De ella decían: «Es una santa; el demonio no sabe que más hacer para impacientarla; pero no lo logra […]. Sor Cassulo no hace milagros, solo porque no quiere».


Por toda la vida, la cocina fue su altar y lugar de crecimiento en la santidad. Nunca había pensado hacer la petición misionera, pero cuando surgió la oportunidad se dispuso con docilidad… ¡si pudiera servir de algo! Una vez que partió, no regresó más a su patria.


Es importante saber que no es aquello que hacemos lo que nos hace más o menos buenos, más o menos santos, sino el cómo lo hacemos para ser misioneros de alegría y de esperanza, también en una cocina, como ha hecho y vivido Sor Cassulo.


Gastó su vida en la cocina, afrontando, con generosidad fatigas, sufrimientos, dolores físicos, tantas carencias de medios, los pesados trabajos agrícolas que las misioneras debían hacer para tener lo necesario para el hospital. Era toda bondad para las hermanas y para la gente del lugar. ¡Nada para sí misma!”.


En toda su vida no buscó más que hacer la voluntad de Dios, y este es el rasgo peculiar de su figura. Delante de las más graves dificultades, repetía solo y siempre su habitual: “¡Todo como Dios quiere!”. De la vida de Jesús, le atraía particularmente la infancia y la pasión dolorosa. 
El Amor a Jesús y al Reino de Dios, la llevaron desde aquel pueblito de Mornés, a atravesar el inmenso océano, a la soñada América. Nada la detuvo, eran “tiempos realmente heroicos” de la misión salesiana en la Patagonia árida y despoblada. Fue capaz de dejar realmente todo, familia, país, lengua, costumbres.


En los cuatro largos y dolorosos meses de enfermedad que precedieron el fin, supo mantenerse serena, tranquila, alegre y bromista. Con frecuencia repetía: “Lo mejor es hacer bien la voluntad divina y estar tranquila en las manos de Dios”.


El 28 de marzo de 1917, recibida la Comunión, serenamente cerró los ojos. El Inspector Salesiano, rompiendo el silencio de aquel momento, trazando un último signo de bendición, exclamó: “¡Un ángel ha dejado ahora la tierra: ángel de nombre y de hecho!”.


En varias cartas de Madre Mazzarello, Sor Ángela es mencionada con ese cariño materno, con el que Maín sabía llegar al corazón de sus hijas, conociéndolas una a una, invitándola a encontrar a Jesús en la vida sencilla y familiar de la comunidad misionera: “¿Sigues siendo cocinera? A fuerza de estar junto al fuego, a estas horas estarás encendida de amor de Dios, ¿no es verdad?...” (C. 22,11).  

 

Hoy Sor Ángela nos vuelve a mostrar el camino de santidad salesiana surgida en estas tierras patagónicas, donde crecieron frutos de santidad juvenil como Laura Vicuña y Ceferino Namuncurá.

 

 

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